El 10 de diciembre se celebra el Día de los Derechos Humanos (HRD, de las siglas en inglés inglés Human Rights Day) y se hace entrega en Oslo del premio Nobel de La Paz, este año otorgado al Programa Mundial de Alimentos, conocido igualmente por sus siglas en inglés WFP, World Food Program.

La reflexión que hacemos es en torno a la vulneración de dichos derechos en todo el mundo, así como del delicado equilibrio entre la situación política particular a cada país y el estatus de los derechos humanos. Y por último, y no menos importante, ¿Qué papel nos corresponde, queremos y debemos desempeñar en este gran teatro del mundo?

Podría pensarse que poco podemos hacer en este sentido, pero nosotros pensamos que muy al contrario, todas y cada una de nuestras voces cuenta. Por poco que hagamos, contribuiremos a gritar más alto y claro en defensa de dichos derechos. El clamor de la calle, esa voz coral que entre todos conformamos, debe contribuir a que se escuche a los que se ven forzados a callar. Esa voz se puede manifestar por medio de lo que digamos, hagamos e inclusive, ¿por qué no?, con lo que vistamos.

Este año, el Programa Mundial de Alimentos recibe un justo reconocimiento por su labor en procurar alimentos a unos cien millones de personas en todo el mundo en peligro de hambruna debido a sequías, conflictos, éxodos forzosos… Loable sí, pero a todas luces insuficiente.

Este premio ha sido concedido en ocasiones anteriores a personalidades políticas, algo que cuestionamos fuertemente. Barack Obama lo recibió apenas un año después de su ascenso al poder. ¿Podríamos hablar de una contribución real de él como persona o de los EE. UU. a la paz mundial? Ciertamente no. Lo mismo podría decirse de la activista y otrora defensora de la libertad de pensamiento y expresión, la birmana Aung San Suu Kyi, quien pasó quince años de arresto domiciliario. Además, no solo ganó el premio Nobel de La Paz, sino que además se hizo acreedora del premio Sakharov que concede la Unión Europea por la lucha por la libertad de pensamiento. Recientemente se le retiró dicho premio por su apatía y falta de compromiso y acción en lo que ya se denomina un genocidio de la minoría étnica y religiosa musulmana de los Rohingyá, en un país mayoritariamente budista.

¿Y qué decir del mucho más reciente y laureado del año 2019, el primer ministro etíope Abiy Ahmed? Un conflicto armado con la separatista Tigray ha hecho volar por los aires la frágil paz del cuerno de Africa. Ahmed ha reprimido violentamente el levantamiento sin contemplación. Quizás no hubiera otra salida, pero definitivamente no está siendo pacífica.

Un país vecino, Yemen, se encuentra inmerso en una cruenta guerra civil desde hace años. La vecina Sudán se ha visto sobrepasada por una marea de refugiados a la que debe enfrentarse con una, de por sí, precaria infraestructura, incapaz de dar respuesta a los retos que representa este fenómeno por volumen e inmediatez. El reino Saudí, destino final deseado por muchos refugiados, ha cerrado sus fronteras ante el temor de la pandemia. Cabe preguntarse, ¿por qué han de seguir concediéndose estos premios a políticos en activo? El ejercicio del poder puede llevarles a tomar decisiones no siempre cónsonas con el espíritu de la defensa de los derechos humanos.

Más cerca aún, Polonia y Hungría amenazan con bloquear la asignación de los fondos para contrarrestar la hecatombe de la pandemia, al verse sometidos a la auditoría de su estado derecho y su correspondiente cumplimiento. Ambos países se encuentran actualmente gobernados por partidos radicales de derecha abiertamente homófobos o que amenazan con vulnerar derechos fundamentales de otros grupos y minorías como la reciente ley aprobada en Polonia contra el aborto.

España misma ha recibido serias advertencias por la anunciada reforma del Consejo General del Poder Judicial o recientemente por el nombramiento de la Fiscal General del Estado, que podría vulnerar la separación de poderes que debe regir cualquier régimen democrático.

Francia está convulsionada por un proyecto de ley que pretende restringir la grabación de las acciones policiales, dejando la puerta abierta, dicen, a una legitimación de los potenciales desafueros y tropelías que pudieran cometer las fuerzas del orden.

Vemos que la casuística es enorme y la posible vulneración de los derechos humanos está por doquier y se manifiesta de muy diversas maneras.

Mientras, el pulso vital de la calle, la voz colectiva, sigue, debe seguir y no dejarse acallar nunca, debe mantenerse alerta.

Te invitamos a reflexionar y a pensar sobre el papel que tú quieres desempeñar en este contexto. Recuerda que nunca será lo suficientemente pequeña.

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¿Qué mejor fecha para recordarlo?